El Camino de Santiago no es solo una ruta: es un viaje hacia uno mismo. Y hay un motivo de peso para hacerlo precisamente este año, antes de que llegue una de las grandes citas de su historia reciente.
El Año Santo Compostelano, o Año Xacobeo, se celebra cada vez que el 25 de julio —día de Santiago Apóstol— cae en domingo. No ocurre todos los años: sigue un ciclo irregular y solo sucede catorce veces por siglo. El último fue en 2021, prolongado a 2022 por la pandemia. El próximo es 2027.
La Puerta Santa de la catedral de Santiago se abre el 31 de diciembre de 2026 para inaugurarlo, y durante todo 2027 el Camino vivirá su máxima dimensión espiritual: indulgencia plenaria para quien cumpla el rito, una intensa programación cultural y, previsiblemente, cifras récord de peregrinos.
Si quieres vivir el Camino con tranquilidad, recogimiento y sin las grandes aglomeraciones, hacerlo en 2026 es la decisión inteligente. Te adelantas al lleno de 2027, encuentras alojamiento con más holgura y caminas con el sosiego que da una etapa sin colas. Y, si lo prefieres, siempre quedará la opción de volver en pleno Año Santo.
El Camino no es uno solo. El Camino Francés es el más conocido y transitado, con la mejor red de servicios y albergues. El Portugués gana adeptos cada año y está muy bien dotado. Y para quien busca soledad y naturaleza, el Primitivo o el Camino de Invierno son más tranquilos y exigentes. La elección depende de cuántos días tengas y de qué tipo de experiencia busques.
Para obtener la Compostela —el certificado que acredita la peregrinación— hay que recorrer al menos los últimos 100 kilómetros a pie (o 200 en bicicleta) y sellar la credencial por el camino. La opción más popular es empezar en Sarria y caminar las últimas seis etapas hasta Santiago: unos cien kilómetros muy bien señalizados, ideales para quien hace el Camino por primera vez.
El verano alarga los días y anima los pueblos, pero también trae calor, sobre todo en las mesetas castellanas. Las claves: madrugar y caminar a primera hora, hidratarse bien, llevar un buen calzado ya domado, gorra y protección solar, y reservar el alojamiento con antelación porque julio y agosto son meses de mucho movimiento. Mejor pocas etapas y disfrutadas que muchas y sufridas.
Y luego está el final. Entrar en la plaza del Obradoiro, ver la fachada de la catedral, abrazar al Apóstol y asistir a la Misa del Peregrino —con suerte, con el botafumeiro volando bajo la bóveda— es una emoción difícil de describir. Después de cada paso, ese momento lo justifica todo.
El Camino se puede hacer en cualquier momento, pero pocos veranos son tan oportunos como este. Vívelo con calma ahora y, si quieres, vuelve en 2027 a sumarte a la historia.