Entre Sorrento y Salerno, la montaña cae a plomo sobre un Mediterráneo de color increíble, y en esa pared imposible los italianos construyeron pueblos de casas apiladas, terrazas de limoneros y carreteras que dan vértigo. Es la Costa Amalfitana, Patrimonio de la Humanidad, y en verano despliega todo su esplendor.
Positano es la imagen que todo el mundo tiene en la cabeza: casas de colores cayendo en cascada hasta una pequeña playa, buganvillas, escaleras por todas partes y un mar que invita a tirarse de cabeza. Es pura fotografía, aunque conviene saber que aquí se sube y se baja andando: el coche no llega a todas partes.
Amalfi da nombre a la costa y guarda una catedral espectacular dedicada a San Andrés, con una escalinata y una fachada que dejan parado en mitad de la plaza. Subiendo la montaña se llega a Ravello, el pueblo de las vistas: los jardines de Villa Rufolo y Villa Cimbrone se asoman al infinito desde lo alto. En verano, Ravello acoge un prestigioso festival de música clásica, con conciertos al atardecer frente al mar.
Frente a la costa, la isla de Capri merece un día entero. La Gruta Azul, donde la luz entra por debajo del agua y la tiñe de un azul fosforescente; el funicular hasta la plaza; los Jardines de Augusto con vistas a los Faraglioni; y, en Anacapri, el monte Solaro, al que se sube en telesilla para dominar toda la isla. Glamour, naturaleza y mar.
La carretera de la costa, la SS163, es estrecha, llena de curvas y en verano va muy cargada. El secreto que conocen los viajeros listos es moverse en barco: los ferries conectan Sorrento, Positano, Amalfi y Salerno, evitan los atascos y, además, regalan la mejor perspectiva de los pueblos, que se ven en todo su esplendor desde el agua. Sorrento es una base cómoda para explorar toda la zona.
Quien disfruta andando tiene una joya: el Sentiero degli Dei, el Sendero de los Dioses, que va de Bomerano a Nocelle por lo alto de la montaña, con el mar siempre de fondo. Es uno de los senderos costeros más bonitos de Europa. Mejor hacerlo a primera hora, antes del calor.
El limón es el rey de esta costa. Los enormes limones de Sorrento perfuman los mercados y se convierten en limoncello, en helados, en dulces y hasta en cremas. Una parada en una terraza para probar un limoncello bien frío, con el mar delante, es de las cosas que mejor resumen el verano amalfitano.
La Costa Amalfitana es Italia llevada al extremo: más vertical, más luminosa, más intensa. Un tramo de costa que se queda en la memoria mucho después de volver a casa.