La Costa Azul lleva más de un siglo seduciendo a artistas, reyes y viajeros. Y se entiende: pueblos medievales asomados al mar, ciudades elegantes, jardines exóticos, calas de agua transparente y una luz que enamoró a los pintores. En verano, todo eso se vive con el añadido de las noches templadas y el bullicio amable de la temporada.
Niza es la puerta de entrada. Su Promenade des Anglais bordea el mar; su casco viejo, el Vieux Nice, es un laberinto de callejuelas, fachadas ocres y mercados como el de Cours Saleya, donde por la mañana se venden flores y por la tarde se monta una terraza tras otra. Subir a la Colline du Château regala la mejor vista de los tejados y de la bahía. En julio, la ciudad vibra con su festival de jazz.
A media hora de Niza está el Principado de Mónaco, un pañuelo de tierra con más historia que kilómetros. El casino de Montecarlo, el palacio del Príncipe, el cambio de guardia, el Jardín Exótico colgado sobre el mar y un puerto lleno de yates imposibles. Pequeño, pulcro y deslumbrante.
La gracia de la Costa Azul está también tierra adentro y en lo alto. Èze es un pueblo medieval encaramado a una roca, con un jardín exótico en la cima desde el que se ve medio Mediterráneo. Saint-Paul-de-Vence, refugio de artistas, guarda la Fundación Maeght y un casco antiguo de piedra que parece detenido en el tiempo. Y Menton, junto a la frontera italiana, es la ciudad de los limones y los jardines, con un microclima que la hace especial.
Uno de los placeres de la zona es moverse en el tren de la costa. La línea que une Niza con Mónaco y Menton va casi pegada al mar, con vistas continuas a calas y acantilados. Cómodo, barato y mucho más relajado que conducir por carreteras estrechas en plena temporada.
La Costa Azul y la Provenza son vecinas, y juntas forman uno de los viajes más completos del sur de Francia: el mar y los pueblos de la Riviera por un lado, los campos de lavanda y la luz dorada del interior por otro. Quien dispone de algo más de tiempo no debería separarlas.
La Costa Azul es elegancia sin esfuerzo: mar turquesa, pueblos de piedra y noches templadas. El Mediterráneo francés en su versión más luminosa.