Muchos parisinos hacen las maletas y se marchan al sur. La ciudad respira, baja el ritmo y se llena de una luz que en verano no se apaga hasta casi las diez de la noche. Es una de las mejores épocas para descubrir París sin la prisa de siempre, siempre que se sepa esquivar las horas de más calor.
Cada verano, desde mediados de julio hasta finales de agosto, las orillas del Sena se transforman en una playa urbana: arena, tumbonas, palmeras, actividades y un ambiente festivo a pie de río. Es Paris Plages, una de esas ideas tan sencillas como geniales para vivir el verano en el corazón de la ciudad, gratis y al aire libre.
El verano parisino se disfruta de tarde y de noche. Cuando afloja el calor, las terrazas se llenan, los jardines se convierten en salón al aire libre y un crucero por el Sena al atardecer regala la ciudad iluminada desde el agua. Los jardines de Luxemburgo y las Tullerías son perfectos para una pausa a la sombra; Montmartre y Le Marais, para pasear sin rumbo cuando cae el sol.
En verano, el palacio de Versalles enciende sus fuentes. Los espectáculos de las Grandes Aguas Musicales llenan los jardines de música y juegos de agua, y algunas noches el día termina con fuegos artificiales sobre el Gran Canal. Versalles siempre impresiona, pero en verano roza la magia.
Las horas de más sol son el momento ideal para refugiarse en los grandes museos. El Louvre, el Museo de Orsay con sus impresionistas, la Orangerie y sus nenúfares de Monet... muchos amplían horarios en verano y abren alguna noche, lo que permite visitarlos con más calma y a temperatura agradable.
La fórmula es sencilla: monumentos y exteriores a primera hora, museos y comida tranquila en las horas centrales, y paseo, jardín o crucero al atardecer. Así se esquiva el calor y se aprovecha lo mejor de cada momento del día. Y conviene recordar que en agosto algunos comercios y restaurantes de barrio cierran por vacaciones; los grandes atractivos, en cambio, siguen funcionando con normalidad.
París en verano es una ciudad más lenta, más luminosa y más fácil de querer. Con los parisinos de vacaciones y los días eternos, la capital se descubre con una calma que el resto del año no tiene.