Es una isla con más historia que muchos países enteros. Griegos, romanos, árabes, normandos, españoles: todos pasaron por aquí y todos dejaron huella. El resultado es un lugar donde una catedral normanda convive con un mercado árabe, donde los templos griegos están mejor conservados que en Grecia y donde la comida es una religión con más devotos que ninguna otra.
Palermo te golpea con todo desde el primer minuto. El mercado de Ballarò a primera hora es un espectáculo de colores, gritos y olores que despierta todos los sentidos. Pescaderos que cantan los precios, montañas de frutas que no has visto en tu vida, puestos de street food donde las arancine y las panelle se fríen delante de ti.
La Cappella Palatina, dentro del Palacio de los Normandos, tiene los mosaicos más impresionantes de Europa: oro y azul cubriendo cada centímetro del techo. Y por la noche, Palermo se llena de gente que cena tarde, pasea despacio y termina el día con un granizado de almendra que sabe a lo que debería saber siempre el verano.
El sudeste de Sicilia es barroco puro. Noto es la capital: una ciudad entera reconstruida en el siglo XVIII tras un terremoto, con una piedra dorada que al atardecer parece que la ciudad está en llamas. Ragusa Ibla, el barrio antiguo de Ragusa, cuelga de una colina como una escultura. Y Módica tiene el mejor chocolate de Italia — sí, de toda Italia — hecho con una receta azteca que trajeron los españoles hace quinientos años.
Agrigento tiene los templos griegos mejor conservados del Mediterráneo. El Templo de la Concordia lleva en pie 2.500 años, con sus columnas doradas por el sol y el mar de fondo. Visitarlo al atardecer, cuando la luz es baja y el resto de turistas se han ido, es una de esas experiencias que se quedan contigo para siempre.
La cocina siciliana es, posiblemente, la mejor cocina regional de todo el Mediterráneo. La pasta alla norma, la caponata, las sarde a beccafico, los arancini, la cassata, el cannolo. Cada pueblo tiene su especialidad y cada nonna tiene su versión. Y todas son la mejor.
Comer en Sicilia es un acto social. Las cenas son largas, ruidosas, con vino del Etna y conversaciones que van subiendo de volumen a medida que avanza la noche. Exactamente como debería ser.
Sicilia es exceso. De sabor, de color, de historia, de vida. Es un viaje que te llena de todo y te deja con ganas de más.