Roma en julio, la Acrópolis en agosto, los pueblos del Mediterráneo bajo el sol... Son viajes maravillosos, y el calor no tiene por qué estropearlos. Con unos cuantos hábitos sencillos, se disfruta de todo sin acabar agotado. Esto es lo que de verdad funciona.
El error más común es querer verlo todo a cualquier hora. La fórmula que nunca falla es repartir el día: las visitas exigentes y al aire libre, a primera hora de la mañana; las horas centrales, para comer con calma, descansar o refugiarse en un museo con aire acondicionado; y los monumentos y paseos, de nuevo al caer la tarde, cuando el calor afloja y la luz es más bonita. En muchos destinos del sur, además, los atardeceres son larguísimos.
Con calor, el cuerpo pierde agua sin que uno se dé cuenta. Lleva siempre una botella encima y bebe a sorbos a lo largo del día, sin esperar a tener sed. Muchas ciudades —Roma es el mejor ejemplo— tienen fuentes públicas de agua potable por todas partes. Un café o una bebida fría en una terraza a la sombra también es una buena excusa para parar y recuperar.
Tejidos ligeros y transpirables, colores claros que no acumulan el calor, y un buen sombrero o gorra que dé sombra a la cara y a la nuca. Las gafas de sol y la crema de protección solar no son opcionales: se reaplican a lo largo del día. Y un pañuelo fino siempre viene bien, tanto para el sol como para entrar en iglesias donde piden hombros cubiertos.
En verano se camina mucho, y muchas veces sobre piedra, mármol o adoquín irregular. Un calzado cómodo, cerrado y ya domado —nada de estrenar en el viaje— evita ampollas y resbalones. El mármol de los monumentos antiguos, además, resbala más de lo que parece.
No pasa nada por ver menos cosas y disfrutarlas más. Sentarse en una plaza, alargar una comida, echar una siesta breve en las horas de más calor... no es perder el tiempo: es viajar bien. El cuerpo lo agradece y los recuerdos se disfrutan más.
Lleva la medicación habitual en el equipaje de mano, con su receta si hace falta, y nunca facturada. Y viaja siempre con un buen seguro de viaje: una pequeña tranquilidad que, si surge cualquier imprevisto, marca la diferencia.
El calor no es el enemigo del verano: el enemigo son las prisas. Quien viaja con cabeza y a buen ritmo disfruta de los meses más luminosos del año sin renunciar a nada.
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Este artículo ofrece consejos generales de bienestar para viajar en verano. Si tienes alguna condición de salud, consulta con tu médico antes del viaje sobre las precauciones que más te convienen.