Es la frase que más escuchamos. Por encima de cualquier pregunta sobre destinos, precios o fechas. Y es normal: viajar solo da respeto. No por el viaje en sí, sino por todo lo que rodea al viaje. Comer solo. Pasear solo. Tomar decisiones solo. Sentirse solo en un sitio desconocido.
Pero hay otra manera. Y cambia completamente la experiencia.
Las razones son muchas: la pareja no puede o no quiere, los amigos tienen otros planes, los hijos están ocupados, o simplemente no hay nadie en el entorno cercano que comparta las mismas ganas. Son circunstancias, no limitaciones. Y no deberían frenar a nadie.
Llegas solo al punto de encuentro. Eso es verdad. Pero a partir de ahí, ya no estás solo. Hay un grupo que tiene las mismas ganas que tú, un guía que se encarga de todo y un itinerario que alguien ha pensado para que no tengas que decidir nada.
La primera comida compartida rompe el hielo. La primera visita en grupo crea conversación. La primera cena juntos ya se siente como un grupo de amigos. Es algo que pasa siempre, sin forzar, de forma natural.
Hay una diferencia enorme entre viajar solo y viajar por tu cuenta. Viajar solo es estar sin nadie. Viajar por tu cuenta es decidir tú, sin depender de los planes de otros, pero con la compañía de un grupo que enriquece la experiencia.
Puedes tener tu espacio cuando lo necesites y compañía cuando te apetezca. Es lo mejor de los dos mundos.
Casi todos nos dicen lo mismo: "Casi no vengo." Casi no vinieron porque les daba corte, porque pensaban que iban a ser los únicos que viajaban solos, porque creían que iba a ser incómodo. Y todos — sin excepción — nos dicen después que fue la mejor decisión que tomaron en mucho tiempo.
Muchos de ellos han repetido. Algunos, varias veces. Y ya no vienen solos: vienen con los amigos que hicieron en el viaje anterior.
No dejes que la falta de compañía te quite las ganas de viajar. La compañía está ahí. Solo tienes que dar el paso.